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Electrónica - Cuatro Gatos A veces me ocurre que, a cualquier hora del día, y en cualquier lugar, oigo una canción, o un fragmento de un tema, o una pequeña parte de una melodía, y noto cómo de repente, sin que pueda evitarlo, se me ponen los pelos de puta, o siento como vértigo en el estómago.
Otras veces, menos a menudo de lo que desearía, llego a compartir una tarde, o una madrugada, o un paseo, con unos buenos amigos y con una selección de música, que va surgiendo al azar, y termina convirtiendo ese lapso de tiempo en una imagen que perdura siempre. Ahora mismo me vienen a la mente tres o cuatro de esos momentos. El salón de Marcos, con unos apuntes de oposiciones por medio. Los colores emocionalmente elegidos del antiguo piso de Zequi. Varias noches en el piso que mi hermano y José Luís compartieron en la calle Bécquer. Magníficos paseos con Antonio en su flamante carro con Muse a toda hostia. La emoción de no parar de botar en un concierto en una playa almeriense. Hay más, pero no os voy a hacer pasar por el calvario de toda mi musicoautobiografía.
Pero si escribo esto es porque ayer volví a una enorme tarde soleada de diciembre; volví al balcón del piso de Moi en Madrid. Después de un agradable almuerzo, el mencionado anfitrión, Mª Ángeles, Antonio y yo pasamos una de las mejores tardes que a día de hoy recuerdo (las otras podéis más o menos imaginarlas). Seguro que la botella de orujo de la que dimos buena cuenta influyó, pero sobre todo la recuerdo porque ese día descubrí que algunos de los lazos que nos unen a los nuestros se materializan en un ipod. En las señales binarias de unos y ceros que pueden almacenarse en un dispositivo físico y reproducirse, mostrando creaciones musicales que te acompañan durante mucho, mucho tiempo. Ayer, intentando que la tarde no se me quedara en otro capítulo repetido de Friends, decidí aprovechar un sol parecido al de aquella tarde, pero en vez de tejas, buhardillas y antenas, me conformé con un buen libro (Brooklin follies, de Paul Auster), las casitas bajas del campo de golf y la punta de los palos de los barcos en el puerto (qué le voy a hacer, desde mi terraza de Almerimar es lo que se ve), y ese disco. Cómo se puede hacer algo a la vez tan delicado, tan rítmico, tan envolvente, tan sutil. Tan verosímil.
Desde este rinconcito de la geografía española os recomiendo que si tenéis la oportunidad, esta misma tarde, con una taza de buen café y una buena lectura dediquéis unos 45 minutos a “s/t” de ELECTRIC PRESIDENT.


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